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SOBERANÍA DIGITAL EN INTELIGENCIA ARTIFICIAL, ¿UNA QUIMERA?

Dado el acelerado avance tecnológico en diferentes frentes, pero en particular en el tema de inteligencia artificial (IA), gobiernos e instituciones incluyen en sus discursos políticos y narrativas el tema de soberanía digital hablando de la insoslayable adopción de tales tecnologías y su desarrollo local para no quedarse atrás en una carrera interminable en la que las empresas digitales hegemónicas, en conjunto con gobiernos o, independientemente, luchan por lograr supremacía, dominio y control global. Hay preocupación en países de economías débiles e intermedias; e inclusive en países industrializados por no contar con recursos humanos de alto nivel suficientes, empresas locales de alto desarrollo tecnológico con liderazgo global y por no tener el acceso a capitales financieros masivos para soportar la adquisición, puesta en marcha y mantenimiento de la infraestructura digital acorde a lo que países más avanzados como China y Estados Unidos de Norteamérica despliegan al participar en la carrera tecnológica inexorable de la IA.

Los discursos de naturaleza política, empresarial e inclusive académica sobre soberanía digital argumentan que no es posible “quedarse a la zaga”, “volverse dependiente” o “mantenerse fuera del movimiento global hacia el futuro”. Para ello, se crean programas, se generan alianzas con empresas líderes globales y se buscan inversiones, entre otras iniciativas. Todo lo anterior es importante y loable; sin embargo, el ser protagonista y no solo seguidor u observador en el actual entorno hace necesario ir más allá de deseos o buenas intenciones.

De entrada, es esencial conocer a profundidad la operación del actual ecosistema digital (Digisistema), cuya complejidad es notable y cuya dinámica es el resultado de interacciones y entretejidos (entanglements) constituidos por las plataformas digitales (Google, Meta, Amazon, Microsoft, etc.), los proveedores de acceso e infraestructura (dispositivos semiconductores, redes de fibra óptica, redes satelitales, centros de datos, redes eléctricas, etc.), proveedores de contenidos y servicios (desarrolladores de software, administradores de cadenas y estructuras de datos, empresas consultoras globales, etc.), agencias de marketing, emprendedores tecnológicos y nuevas start-ups, entidades financieras de inversión pública y privada, universidades y centros de investigación e instancias reguladoras gubernamentales y de la sociedad civil, tanto nacionales como internacionales; y ahora de gran importancia, los factores geopolíticos.

La dinámica y estructura del Digisistema actúa sobre los individuos, comunidades e instituciones (véase la figura adjunta) de acuerdo con la región o país en la que operan, sin embargo, los grandes actores hegemónicos globales permean todo ecosistema nacional en conjunto con sus aliados financieros, creando una dependencia casi inevitable y dominante en los procesos de digitalización, tanto en los países de occidente “desarrollados”, como los que se encuentran en “proceso de desarrollo”. El caso de China debe estudiarse aparte, sin embargo, también existe un entrelazado entre los agentes de su ecosistema digital.

Ahora bien, esta primera aproximación sobre los Digisistemas deja ver que la independencia tecnológica no puede ser absoluta, aún para las entidades más avanzadas y de vanguardia. Es decir, las plataformas digitales requieren de centros de datos, los centros de datos requieren de financiamiento, infraestructura eléctrica y dotación de agua. Los centros de datos requieren de semiconductores, los semiconductores requieren de materiales avanzados, de grandes inversiones, de la formación de recursos humanos de alto nivel, de entornos regulatorios dinámicos y políticas públicas que habiliten la innovación, y así sucesivamente.

El entrelazamiento entre los actores del Digisistema denota su complejidad e interdependencia, sin embargo, la influencia de los más influyentes líderes tecnológicos hegemónicos soportados por sus aliados de inversión financiera; y ahora también por sus gobiernos, marca la pauta en el ritmo e intensidad de las innovaciones más significativas en el estado del arte creando brechas difíciles de remontar. En estas condiciones, solo ciertos jugadores a nivel global tienen la capacidad de desarrollar o adquirir el grado de soberanía que les permite poner en práctica los beneficios del desarrollo y puesta en marcha de herramientas de IA en beneficio de su población.

Los avances de vanguardia se concentran en ciertas regiones y empresas, sus desarrollos muestran enfoques con sesgos culturales, sociales y políticos. Ante esto, los países seguidores pugnan por lograr adquirir a la brevedad posible los conocimientos, destrezas, habilidades e inversiones que mitiguen el exacerbante abismo de innovación que crece inexorablemente. Las implicaciones de entrar en la carrera por lograr la anhelada soberanía digital en IA son enormes y multifactoriales; y en muchos casos se convierten en una distracción que no solo rebasa la capacidad real de los países, sino también los aleja de las prioridades nacionales y locales de bienestar social y sostenibilidad.

La soberanía digital y la independencia tecnológica en IA están ligadas, una actúa sobre la otra en forma recíproca. En un primer y modesto intento por identificar los retos, naturaleza y pertinencia sobre soberanía digital, es pertinente el reflexionar sobre el concepto de soberanía en general en búsqueda de hacer una extrapolación hacia el dominio digital. La soberanía se considera como el poder político supremo y el derecho a un poder independiente y autorreferencial dentro de un territorio. Se refiere a la autoridad suprema e independiente que posee un estado o una nación para tomar decisiones de manera libre de influencias externas (Wikipedia).

La soberanía es un término multidimensional que involucra territorio, comunidad, cultura, autoridad, entre otros. Para el caso de la digitalización, esta soberanía alude a atributos tales como independencia, autonomía y autodeterminación. Bajo tales premisas, la soberanía digital se puede considerar como la capacidad de un individuo, comunidad, institución o país para controlar sus propios datos, infraestructura y plataformas digitales. Implica tener autoridad y autonomía sobre los activos digitales, como el software, el hardware y los datos, y abarca aspectos de privacidad, seguridad, accesibilidad y regulación. En un clima de soberanía digital, se busca garantizar la seguridad, el control y la gobernanza de la información en un mundo cada vez más digitalizado, enfrentando los desafíos del modus operandi del Digisistema, como la hegemonía de grandes empresas tecnológicas y los riesgos de ciberseguridad, privacidad y derechos ciudadanos.

La desbocada aceleración de la innovación tecnológica de la IA, la magnitud exorbitante de las inversiones y el destello y glamour (hype) generado por otros actores clave del Digisistema, generan confusión y miopía para la planeación enfocada y coherente de desarrollo científico-tecnológico acorde a las condiciones de los contextos nacionales incluyendo el diseño y operación de políticas públicas, que por un lado ejecuten su labor de regulación; y por otro planteen estrategias y líneas de acción realistas y sustentables sobre la adopción social balanceada de la IA en función de la cultura, el territorio y sus implicaciones en la educación, salud, sostenibilidad y otras áreas prioritarias clave.

De lo anteriormente mencionado, se puede argumentar que la soberanía digital en IA no es absoluta, ilimitada o perdurable. Cada país, sin embargo, debe buscar un grado de soberanía digital que le permita ejercer de la mejor manera posible grados de independencia y autonomía para navegar en el mar tumultuoso del Digisistema nacional y global en la era de la IA. Un factor fundamental por considerar es la educación, una educación integral que considere no solo los aspectos tecnológicos sino también los regulatorios, incluyendo propiedad intelectual, derechos humanos y sustentabilidad. El grado de soberanía digital a aspirar en la penetración de la IA en el tejido social dependerá de varios factores, entre ellos, los políticos, los culturales, económicos y financieros y tecnológicos; pero, sobre todo, educativos, aquí yace la piedra fundamental del futuro orden social para superar un “espejismo” que permita a países como México, afrontar y conformar una sólida y modesta soberanía digital en IA que sea una realidad y no solo una quimera.


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